Novela

Se reúnen más abajo cuatro fragmentos de tres novelas todavía no editadas por el autor

.

Sesenta y cuatro veranos y tres mariposas blancas

Capítulo 5 de la novela “Deja que te lleve el viento”.

Cuando uno llega a cierta edad ha adquirido un número considerable de costumbres que permanecen constantes mientras el cuerpo puede soportarlas. El poeta ya tiene edad para jubilarse, de hecho ya casi estaría jubilado si hubiera seguido trabajando en la agencia de publicidad Cúmulus, pero la abandonó hace veintitrés años. La jubilación no existe si uno ejerce como poeta. Es un trabajo que se adquiere en la vida y se lleva puesto hasta la muerte.

Como casi todos los veranos, Xim sigue acudiendo al lugar que tantas sensaciones y poemas le ha inspirado. Le queda lejos, porque debe coger el coche, salir de Deià, recorrer los casi treinta kilómetros que le separan de Palma, y luego recorrer unos veinte kilómetros más. Pero, tal y como él le repite a su hija constantemente, las distancias están para romperlas. Un poeta sólo tiene tiempo para recorrer el espacio del universo entero si tras él encuentra sus perlas.

Anda el camino que separa el último lugar donde poder aparcar el coche del remanso de paz. Camino cubierto de polvo blanco salpicado de piedras blancas.

Todo se ve igual a los ojos del hombre, nada cambia. O cambia el paisaje y el hombre al mismo tiempo.

El poeta no tiene prisa.

Se detiene a mirar el mar desde lo alto de la ladera, junto al coche bajo un pino. Vierte su lengua entre los esmeraldas y los cobaltos del agua transparente. E inicia el paseo. Al pulso de cada par de pasos le concede el tiempo exacto que tardaría en pronunciar tranquilidad.

Ya no carga con la colchoneta de lona de doble anchura que pesaba como un demonio o dos. Al fin y al cabo, acudir ahora a esta porción de costa no es más que un acto poético religioso, la cueva del eremita, el lugar adonde él prácticamente ya no lleva a nadie.

El calor aprieta, acaba de estrenarse julio. En cuanto alcanza su destino expresa el último aliento cansino. Deposita la bolsa en el suelo. Una joven toma el sol desnuda. Él también se desnudará por completo y se sentará sobre la toalla azul marino de doble rizo, sobre una roca lisa y oscura, o sobre una roca blanca en la que puede permanecer cómodamente sentado, casi con las piernas colgando. Hoy ha escogido la roca lisa y oscura. Xim opina de ese canto rodado gigantesco que es  un gran huevo del que saldrá un día un animal mitológico o un libro preñado de poemas con claras y yemas de dinosaurio.

Se desprende de la ropa con mucho respeto de exhibirse demasiado paladino frente a la mujer joven, que le da la espalda. Quizá tenga la edad de su hija. Sentada frente a él, a unos quince metros, sobre una toalla en otra roca que algún año sería su lugar preferido, entre el mar abierto y el estanque marino donde el hombre posaba dulce la colchoneta.

Y mirar. Hacia el frente.

El mar se derramará quizá en el horizonte hacia un lugar ignoto, el cielo en cambio lo llena todo. Lo que se vuelve invisible a los ojos del hombre, al poeta no se le escapa.

Una mariposilla blanca cruza hacia la izquierda, parece que va a algún sitio.

El hueco de dios.

El poeta bautizó al lugar así no porque se le manifestara la revelación divina, la de los dioses que todo lo regulan, sino porque era el lugar en el que se presume que siglos atrás se habían cortado algunas piezas de marés para emplearlas en la construcción de la catedral de Palma. Él venera esa cantera de la Edad Media porque ahora resulta ser el troquel de un patrón de la catedral y porque dedujo que los hombres que vinieron a trabajar aquí habían escogido ellos mismos el emplazamiento para poder trabajar en la refrescante agua en verano. Algo parecido a lo que hace él con su papel y su bolígrafo, dejándose llevar por el ronroneo del oleaje y el grito acalorado de las chicharras, sentado en su cátedra de piedra.

Aún ahora suele bañarse en las aguas tibias del mar con sus gafas de nadador, se deja llevar por el encanto de las frondosas praderas submarinas, salpicadas de peces pequeños buceando en parejas, o peces grandes formando tríos, prados iluminados por la luz del sol que hinca sus rayos a través del agua celebrando su transparencia.

La mariposa blanca vuelve a pasar frente a él, con urgencia, hacia la derecha.

Nunca ha vuelto el poeta a ver una puesta de sol en este lugar, no porque le recordara a Mar dando la noticia del embarazo de la que ahora es su hija, sino porque temía rememorar su muerte; un momento triste el sol cayendo en este lugar. De hecho, los últimos años acude a primera hora de la mañana, cuando el mar sigue tumbado como una sábana de plata, así los recuerdos oscuros permanecen mudos.

La joven sentada frente al poeta… permanece con la piel desnuda, blanca, refulge bajo el sol. Él podría acceder a ella caminando sobre el agua al ras del suelo. No hay nadie más en la cala.

Tranquila, lee. No se fija en el hombre sentado tras ella sobre una mancha azul marino. Le ha visto, seguro que le ha visto llegar. Quizá incluso, ella le recuerde del año pasado, pero le ignora como si no estuviera, los paraísos no se comparten con desconocidos.

Él, sin embargo, ya no se acuerda del cuerpo de las mujeres tan jóvenes, ni las mira, es decir, no les cachea la carne imaginariamente con su lengua de hombre atlético. En las escasas ocasiones en que se ha juntado con una de ellas, ha necesitado cerrar los ojos para no verse a sí mismo, y eso, se dice, no es amar. Olvida también sus caras, todas las caras.

Otra mariposa blanca pasa frente a él, hacia la derecha.

Xim imagina la vida corriendo de un lugar a otro, unos van, otros vienen, y otros persiguen a unos y vuelven.

El poeta prefiere disfrutar de estas pequeñas cosas, para convertirlas en oro.

De la misma manera mira a la joven desnuda, ahora sentada de espaldas, ha cambiado la posición, de cara al mar, apoyada sobre el brazo izquierdo extendido hacia atrás. Sostiene el libro en alto con la mano derecha, las piernas abiertas, libidinosamente abiertas.

Y lee.

El poeta ve así la vida: la chica puede estar leyendo poemas escritos por él. Los poemas se le derraman por el corte de las hojas, le salpican en la entrepierna y,

descuidada,

le entran, le sorprenden, la preñan.

Así, se dice, no me importa satisfacerla; es la única excusa con que podría acercarse a mí y preguntarme ¿nos amamos?

Luego, el poeta mira a un lado, y se dice, ahogado en un suspiro: Nunca se pierde la ilusión de fascinar a alguien más hermoso que tú.

Dos mariposas blancas aparecen por la derecha,

se les junta una tercera,

revolotean frente a al poeta, juegan con su vuelo vacilante,

y desaparecen en su memoria.

.

.

El desierto de los Sueños robados

(…)

Más relajado, qué remedio, el detective abre el bolso como si fuera un médico en una intervención quirúrgica y, bajo la supervisión del jefe Geré, va extrayendo objetos. Primero saca una gota de agua:

– H2O -dice como si hubiera hallado un mal cancerígeno en el cuerpo del bolso.

El jefe Geré asiente.

A continuación extrae una astilla:

– Madera de encina, desgarrada, pertenece a la parte central de una rama bastante gruesa -la sostiene entre sus dedos y se la acerca al jefe Geré para que aprecie el detalle citado. Es endiabladamente minúscula.

El gran jefe arruga las patas de gallo todavía más, como queriendo decir…

– Pero está negra, negrísima, ¿cómo puedes saber que es de encina? A mí me parece rarísima.

– Es de encina y está sucia muy sucia, tienes razón, si analizamos la porquería, quizá averigüemos algo nuevo.

– Y fíjate en esto: arena, está lleno de arena. Deberíamos analizarla para saber de donde proviene, esto… -se queda mirando uno de los gránulos-, esto es caliza molida por la digestión del pez loro.

Eslabón se pregunta cómo santos boquerones es posible que sólo saquen partículas de ese bolso y… En el interior se encuentran un paraguas y una cartera algo desinflada y un manojo de llaves y… El detective Salido sigue revolviendo el interior con su manota, guiándose por el tacto, mientras mira el techo, suenan cascabeles cascados revolviéndose dentro, ve la figura de ámbar rusa en lo alto de la estantería.

– ¿No hay nada más? -pregunta el jefe Geré, un poco molesto de escuchar tanto jolgorio cascado allí adentro.

– Parece que no, mucha quincalla, fruslerías, bagatelas, ya sabe, es el bolso violado de una mujer…

Luego el detective detiene el meneo de la mano.

– Un momento -dice, y saca un botón-. Un botón verde.

El jefe Geré entorna los ojos y eleva la barbilla mientras lo examina; da la impresión de que su sabiduría tiene tanta punta que pincha, con ella y un poco de hilo podría coser el botón a cualquier tela:

– Hum, parece que la cosa está clara, y entiendo que yo estaba confundido, creía a todas luces que algo bueno llegaría tras mi jubilación, pero veo que es imposible -ahora el que asiente es el detective Salido, compungido se apoya en el bolso.

– Quizá no la encontraremos nunca.

– ¿A quién? -pregunta asustado Eslabón.

– A la propietaria de este bolso -el jefe Geré da un paso al frente y pide que le deje ver la figurita rusa, la señala-: ¿me la acerca, por favor?

– ¿Crees que tiene algo que ver? -pregunta Salido.

El jefe Geré afirma con la cabeza. Luego mira a Eslabón, determina que puede hablar sin secreto, y revela:

– Es posible que esto provenga del Desierto de los Sueños Robados, una especie de reducto en el que se reúnen los piratas esclavos…

– ¿Piratas esclavos?

Lo ha preguntado Salido, pero Eslabón ha abierto los ojos, y las orejas le tintinean; no sale de su asombro, ¡piratas esclavos es otra contradicción! Y además, ¿existe un Desierto de Sueños Robados?

– Sí -prosigue el jefe Geré-, llevo toda la vida tras este caso, y más ahora, que parece ser que la cosa se pone peor cada día que pasa. -Coloca las manos sobre el mostrador y mira a un lado, hacia nada en concreto. Luego suspira:- Ya casi doy por hecho que nunca lo resolveré. Voy tras la pista de una mujer que…

Recoveco Salido da un salto, casi tan alto como la altura entera del prominente jefe de Policía, mientras sonríe, sonríe, sonríe, se echa la mano al bolsillo interior de su gabardina, saca la foto de Silva Estrella, se la muestra y exclama:

– ¡Es ésta!, ¡yo también ando tras ella! 

.

.

Fragmento de la novela “Simón y el Vitriol secreto”, escena homenaje a Shakespeare

(…)

Bella y Guiguí no podían tolerar lo que acababan de ver. Venían de la orilla de una playa del este, donde unas trapisondistas aficionadas adoraban objetos fálicos y pedían al cielo que, por favor, les dieran satisfacción sexual. Era muy feo tener que regarlas con una sospechosa lluvia amarilla, pero más feo era lo que hacían esas desdichadas. De forma mágica, en cuanto una sola gotita de la lluvia amarilla las tocaba, se daban cuenta de que para conseguir sus propósitos no era necesario formular esos extraños sortilegios en la playa, sino tratar de ser merecedoras de lo que buscaban.

Bella y Guiguí descendieron al bosque en busca del duende jefe de la arboleda. Lo encontraron deprimido en lo más hondo de un agujero abandonado por un conejo.

– ¡Duende! ¿Qué haces ahí metido? –preguntaron al unísono las mágicas féminas.

– ¡Oh, cielos! ¡Gente!

El ser minúsculo lo celebró con un salto.

– ¡No somos gente! ¿Es que no ves que somos seres fantásticos?

– Ay, lo siento, no estoy atravesando un buen momento.

– ¿Qué te pasa?

– Este bosque es horripilante, porque por las noches no viene nadie. En esta noche mágica, como todos los años, me recluyo en este agujero para imaginar lo que antaño era este paraje, lleno de conejos, de topos, de escorpiones, de aves de todos los tamaños, de linces y no de gatos, de ciervos y no de perros, de águilas y no de tordos.

– Pues ahora mismo tienes a tres humanos rondando por ahí.

– ¿Tres humanos? -El duende se puso histérico-. ¿Dónde? ¡Humanos! -Oteó la proximidad arbolada, y aunque no vio a nadie, exclamó-: ¡Por fin el Destino ha escuchado mis plegarias y podré disfrutar de una noche mágica a la antigua usanza!

– Espera, espera, no te hagas ilusiones. ¿Cómo te llamas, duende? –preguntaron muy serias y muy simpáticas.

– Locuelo.

– ¿Locuelo? ¿Tú eres el famoso Locuelo? ¿Y podemos saber por qué todavía no te has cambiado el nombre?

– No sé.

– Escucha lo que tienes que hacer: debes depositar unas gotas de lágrima de avestruz en las coronillas de Loly y de Simón.

– ¿Lágrimas de avestruz?, ¿de dónde saco yo eso?, y en caso de que la encuentre, ¿cómo hago llorar yo a un avestruz?

Bella y Guiguí juntaron las palmas de sus manos diestra y siniestra, y cuando las separaron, un pequeñísimo frasco con un líquido azulado surgió de la nada.

– Esto sirve para que aquel sobre quien se deposita vea la verdad por encima de la mayor mentira que le atosiga, por demoniaca que sea.

– ¡Pueden llegar a verme! –reparó Locuelo.

– No te preocupes, tú no les representas su mayor mentira. Además, después de descubrirla, el efecto desaparece. Y no olvides otra cosa: Simón es medio mago, y su futura esposa es de fiar; así lo dice el Destino. Debes cuidar de ellos.

Desplegaron sus alas, dieron unos pasitos sobre la hojarasca, y sorteando ramas atiborradas de bellotas emprendieron el vuelo hacia el oeste de Thuliópolis, para regar con purpurina unos cuantos colectivos que juraban convencidos que la noche de San Juan era propicia para practicar la magia negra. En cuanto un solo copito de purpurina rozara a una de esas personas odiantes, se verían a sí mismos como seres despreciables, y saldrían corriendo y deseando amor para todos.

Locuelo empezó a rastrear el bosque a conciencia. Para un duende la tarea resulta muy sencilla, y más en un bosque reducido como lo era ése, pero él se empeñó en explorar hasta en lo más alto de los árboles.

No tardó en topar con un hada menor. Era casi tan grande como Locuelo, pero muchísimo más bella, y además sus alas debían de ser de cristal paladino, porque sólo podían verse los brillos ronroneando en su espalda. Locuelo la interceptó, y le preguntó:

– ¡Eh, espíritu! ¿Adónde vas?

– Entre eucaliptos y sauces, higueras y robles, cruzando este bosque, tras mis señoras voy –contestó suspendida en el aire-. A todas partes, ligera, pero no tanto como ellas. Cargada de purpurina, para lanzársela a los locos odiantes. Por eso aquí he venido, para extraerla del roble, de su flor antes de hacerse bellota que desbarata la magia para convertirla en simple amargura.

– Qué feliz me siento de ver la concurrencia sin concupiscencia en mi bosque. No te vayas y te contaré mi cometido: Debo verter este líquido sobre un mago y su esposa para que vean la verdad, pues parece ser que, según dicen tus señoras, un par de hadas, están siendo engañados por una gran mentira.

– Ay, duende, que no te enteras. Tú debes de ser Locuelo, el gnomo olvidado por el Destino porque deshacías las trenzas de las chicas y les levantabas los vestidos aún yendo solas –Locuelo puso carita de inocente, lo cual acrecentó las ganas de reprimenda del hada menor-: ¡Eres tú el desmañado que corta la mayonesa y llena de moho el queso, el que hace mugir a las vacas e impide que los coches se pongan en marcha por las mañanas! No me extraña que mis señoras no te hayan dicho quiénes son.

– Eso era antes. Ahora me he reformado. Mira que me han dado la misión de salvar a un mago.

– Bella, la Reina de las Hadas, y Guiguí, su servicial ninfa, son aquellas con las que has hablado. Ahora vete a cumplir tu cometido, si no quieres volver a ser olvidado por el Destino.

– ¿Me vas a decir que la noche también me ha ofrecido la palabra de la mismísima Reina de la Hadas?

– Me voy, torpísimo conejo, que no puedo retrasar mi misión, pues se me va el cortejo.

(…)

.

.

Fragmento de la novela “El desierto de los sueños robados”

El superintendente de la oficina se mesa los cabellos blancos y se peina el bigote blanco con la punta de los dedos, verticalmente. Se entretiene en las alas traslúcidas del ángel, parece que de ellas quiere escapar la luz, una luz tenue que al final se queda ahí adentro. A él le siguen pareciendo orejas de elefante y no alas de ángel esas protuberancias; si pudiera constatar la existencia de una trompa… Alarga la mano, mueve el flexo y coloca la figura al trasluz. Mira adentro. Un mar amarillo anaranjado. Funde su pensamiento con la materia de la que está hecho el ángel y confunde la inmensidad del ámbar visto de cerca con los abismos marinos. Recuerda los veranos de su infancia cuando se tiraba de cabeza en la cala de Viñamel. ¡Cuidado!, le gritaba su padre, ¡tírate más plano que aquí casi no hay fondo! Y Eslabón, incapaz de oír a su padre porque apenas acababa de salir a la superficie, daba tres brazadas, cuatro brazadas, a toda velocidad se imaginaba una tortuga marina, las tortugas marinas nadan muy rápido, él estaba convencido de ello, cinco brazadas, luego erguía la cabeza fuera del agua, aproximaba con urgencia la mano para desplazar el flequillo chorreante frente a los ojos, y se deleitaba de la inmensidad azul mientras daba otra bocanada de aire para sumergirse. Y bucear.

Anuncios

Un pensamiento en “Novela

  1. Esto es súper intrigante, hay que saber cómo sigue… y hay que publicar el próximo capítulo ya…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s